Reclamos y miopías en el feminismo

Este ensayo lo publiqué hace ya mucho. Lo releí bastante, para revisar su lógica, y por un buen rato creí que estaba bastante completo. Surgió nueva evidencia del tema, y me pareció importante incluirla. En esta oportunidad, hay una sección nueva y unas conclusiones. 

De entrada, es imposible estar en desacuerdo con el significado de los reclamos sociales de las mujeres por más igualdad de derechos e oportunidades sociales en muchos espacios. Y yo soy uno más de los muchos y muchas que suscriben esta idea. Pero no puedo evitar advertir cosas presentes en el tema que me llaman la atención. Son estas:

Rol cultural de nuestras mujeres

Antropólogas/gos, sociólogas/gos y demás expertos en el área sociocultural están de acuerdo que el papel simbólico de cualquier mujer es doble. Si lo desea, siendo libre y responsable de hacerlo, cuando tiene hijos y los cría, no solo reproducen nuestra especie, sino también sus valores. Esta idea es fácil de comprobar en cualquier familia o grupo humano con chicos y chicas a cargo. Al punto, son las mujeres las primeras personas que administran límites y códigos en sociedad. Cuando nuestras madres, tutoras o encargadas nos visten, nos curan y nos dan de comer y nos enseñan y nos dejan jugar nos dan también reglas para convivir. Y no por nada la mayoría del ámbito docente o de la psicología son mujeres, al menos en mi experiencia.

El uso que le damos a estos elementos determina los resultados, y la frase “Mi mamá no crio un tonto”, no menos que “Mi mamá no crio una boba” ilustra las formas en que los valores, el ambiente, los recursos, el lenguaje, y todos los matices por cada cosa le dan valor a nuestras mujeres. Esto, que parece pabote, es algo que se da por sentado en muchas discusiones sobre el tema de la igualdad social de géneros. El chiste es que al darlo por hecho se lo puentea al detalle y ahí es donde pasamos de castaño a oscuro.

Patriarcado & Matriarcado

No hace falta mucha ciencia para saber que si la administración de códigos y reglas favorece a los varones hay patriarcado, y si favorece a las mujeres hay matriarcado. No hace falta mucho para saber que los dos modelos chocan. La muy sabida (y sobada) guerra de los sexos es un asunto de nunca acabar, y cuando nos damos cuenta que nadie es mejor que nadie por su género, terminamos por alejarnos del asunto.

Al punto, las personas más lúcidas de ambos géneros y todos los roles enseñan con dichos y ejemplos que siempre es mejor vivir en  armonía con uno mismo y complemento con los demás, antes que vivir de conflictos.

No hace falta ser experto para saber que el modelo patriarcal rige en todo el planeta. Sin embargo, mucho antes que inventaran el feminismo con todas sus variantes, hubo niñas, señoritas y señoras que supieron administrar estrategias para sobrevivir al “mundo de los hombres” e inclusive influir sobre él. A medio camino de lo posible y lo conveniente, muchas generaciones de mujeres previas al feminismo eligieron manejar las cosas antes que resolverlas. Y en una enorme cantidad de casos, era lo único que podían hacer. Pero en muchas oportunidades – esto dicho en criollo –  aun cuando el poder lo tuviera el machimbre, un pelo de ellas tiraba más que una yunta de bueyes, y realmente tenían que ser muy gilas para ignorarlo.

Menos mal que hubo muchas que se avisparon. Fíjense en el rol político de las reinas y nobles inglesas. Fíjense en el rol de geishas, esposas y concubinas en China y Japón medievales, para no detenernos demasiado en occidente.

Y por ponerle una cereza al postre, les recomiendo buscar sobre el complejo de Edipo y el complejo de Electra, y chequeen a quienes perjudica y favorece en el mediano y largo plazo. Tanto una Electra como un Edipo mal resueltos, joden la vida de ambos sexos al interior y exterior de las familias. Si llegan a la conclusión que muchas veces el patriarcado enmascara el poder del matriarcado
y viceversa, entonces las y los felicito. Y si no es así, debatamos civilizadamente con respeto.

Complemento e integración

Nobleza obliga decir algo bien clarito de entrada. Por siglos, el modo de zafar de situaciones incomodas y conflictos fue pasarse la vida en el eterno rosqueo de la otra persona, sin conocer la real solución a nuestros problemas. De a poco, con distintas crisis universales acumuladas, hubo ocasión de ir estirando las reglas tradicionales patriarcales, hasta el punto de hacerlas quebrar desde dentro. Y cuando eso sucedió, finalmente llegamos al consenso actual que nadie es superior a nadie por su género y estilo. Pero falta camino por andar.

Estoy seguro que alguien lo habrá dicho ya, pero mi modesta propuesta es que a la diferencia, complemento; a la desigualdad, integración. Son las diferencias las que permiten conocer rasgos distintivos entre géneros, pero también nos permiten identificar todo aquello que tenemos en común, por supuesto yendo más allá de lo evidente. Son las diferencias la raíz de las desigualdades, pero no viceversa; hay desigualdades incluso entre miembros del mismo género. Lo interesante es que la intersección de las dos cosas en el caso de varones y mujeres permite tomar conciencia de los problemas que hay en las relaciones en nuestra vida. Al punto, los conflictos que afectan más a las unas que a los otros y viceversa se pueden resolver siempre desde otros lugares, distintos del propio.

Esa es la raíz de la integración. Y aunque sea poco o mucho, cada quien tiene aportes para hacer. Dicho en criollo: No es tanto buscar un roto para un descosido, sino evitar dar cualquier puntada sin hilo. Y viendo el panorama así como viene, el camino hacia la igualdad recién empieza.

Dos casos de miopía: De chadores y violencia domestica

Estoy más que seguro que hay muchos temas que resolver para que lleguemos a la igualdad social plena entre géneros. El desafío más grande que yo percibo es que al diagnosticar y resolver esos conflictos, muchas veces confundimos diferencia con desigualdad y caemos en miopía. Les doy dos ejemplos; el primero es una cierta “polémica anti-Chador” en Francia. Sucedió hace unos años. Como muchos ya saben, el chador es un largo pañuelo que las mujeres musulmanas usan como velo sobre sus cabezas. La función que cumple es ocultar la mayor parte sus rostros, en ocasión de presentarse ante cualquier persona que no es familiar. La costumbre de usar este velo tiene raíces históricas en la cultura islámica, y viene justificada por las creencias de esta comunidad.

Sucedió que como parte de un paquete de medidas en la educación pública, una repartición oficial francesa aprobó un reglamento prohibiendo totalmente que en los establecimientos (no recuerdo exactamente si era en las escuelas públicas o en todo el sistema) se exhibiera símbolo religioso de ninguna clase.

La medida se justificaba en que la educación es un derecho humano que se brinda para fomentar, entre otras cosas, la igualdad social sin discriminación entre las personas por su género, ideología o religión. El uso de ciertos distintivos desviaba justamente esta intención y por eso debía ser sancionada. Los inconvenientes comenzaron a aparecer cuando una chica fue con su chador puesto a clases, y alguien – posiblemente un docente o empleado de la escuela – le tiro de las orejas para que se lo quitara. No hubiera pasado de un pequeño episodio, sino fuera que la noticia la difundieron (y también la inflaron) los medios. La comunidad musulmana enseguida sintió cosquillas por el caso, y sentó su posición, inclusive con una petición ante la justicia francesa. Lo propio hicieron funcionarios y políticos y expertos interesados el área y se abrió el debate. La mayoría de las no – musulmanas, varias de ellas feministas, pronto interpretaron el chador como uno de muchos símbolos de la opresión de los varones sobre las mujeres en aquella comunidad.

Y ahí fue donde cagamos la fruta. Prohibir crucifijos no quita ni modifica cristianos, prohibir kipás tampoco cambia a los judíos, prohibir chadores no cambia a los islámicos.

Al punto, si hay real voluntad de criticar la cultura musulmana cuando reduce a la mujer a cosa, (otras religiones hacen lo mismo, pero cada cual con sus propios códigos) es muy pobre atacar el velo que ellas llevan. La costumbre del chador no nace de un repollo, y hace falta saber de dónde viene para poder desarmarla. Así fue como un pequeño caso de miopía fue aumentando de tamaño, tal cual el efecto bola de nieve.

Porque en el fondo, para encontrar cambiado este aspecto de la cultura islámica, hace falta que haya inquietudes de las mujeres por su propia autonomía al interior de la comunidad que ellas mismas integran; yo de esto mucho no sé, pero sospecho que un modo de llegar hasta este objetivo es conseguir que ellas tengan cada vez más acceso a las instituciones religiosas que rigen la teocracia en los países de oriente medio, y que ofrezcan al mundo desde ahí un punto de vista complementario al que sostienen los imanes. Ojala que eso suceda de este modo.

Ignoro si hay el equivalente a las monjas cristianas en aquella cultura. Pero en caso que existan, con esa gente habría que hablar, a ver que necesitan, que opinan, y si desean cambiar las cosas, o dejarlas como están.

Volviendo a los datos conocidos, sabiendo que hasta ahora no hay un espacio donde haya resguardos, queda el recurso para las mujeres musulmanas con serias objeciones de conciencia demostradas, de pedir y recibir asilo, de refugiarse en países que las protejan de los abusos de los varones en nombre de Ala. Como podrán notar, esto último es actuar correctamente sobre los efectos nocivos de ciertos asuntos.

Tester de violencias

El segundo son una cantidad de problemas de comunicación en las campañas publicitarias de bien público acerca de la violencia domestica contra nuestras mujeres. Es imposible estar en desacuerdo con las ideas que hay en estas campañas. Pero también en estos casos –obviamente, son mucho más importantes que el ejemplo francés – se opera sobre los efectos y tampoco se va a las causas. Supongo que algo se de comunicación y publicidad, así que déjenme medir y pesar el tema con las técnicas del palo. Y si llego a estar errado, por favor corrijan respetuosamente.

Todo aviso responde a una estrategia, que fija objetivos y/o efectos que se buscan en la audiencia y se definen como concepto. El concepto se expresa en ideas puntuales, que van a los contenidos de cada anuncio.

En el caso de las campañas de bien público contra la violencia de género, se busca cortar el hilo por lo más delgado. Para detener a quien abusa, se busca despertar un cambio de actitud, de conciencia, en aquellas personas que reciben los ataques pasivamente.

Es una enunciación que habla desde el sitio de las mujeres y dice: “Ya basta, macho. Además de golpearme, estás destruyendo mis relaciones con el mundo. Me doy cuenta de lo que estás haciéndome. Y tengo derecho a castigarte con la ley.”

Es evidente que cualquier persona golpeada – sea mujer, varón, pirata o reina de barajas – lo primero que necesita es que pare la agresión, que no la lastimen más. Además, está el miedo; el terror durante y después de haber sido atacado. De postre, también queda el trauma en las victimas de cortar con una relación donde golpeaban, para tener siempre temor de entrar a otra, donde quizás vuelvan a pegar… ¿A quién le gusta tener esas dudas?

Aparte, la agresión domestica como delito es un crimen difícil de probar. Es un tema a medio camino de la intimidad de algunas parejas y lo público; es bien sabido/sobado que estas cosas se disimulan ante los otros (“Me resbale en el baño”, “Me tropecé en casa”, etc.) hasta que se consiguen los medios para obtener pruebas objetivas para que la policía y los juzgados actúen. Al punto, ningún golpeador/ra o abusador/ra de cualquier clase nació de la nada. Así que ahí está la madre del borrego.

Basado en lo que dicen los que saben, hay tres grandes cosas en cualquier relación con violencia domestica.

  • La primera es de irritaciones y enojos contra la pareja, que se hacen cada vez más intensos hasta que son violencia con toda la furia.
  • La segunda es de arrepentimientos, que se convierten en cambio positivo de actitud y mucha demostración de afecto hacia la pareja, hasta que reinicia la primera fase.
  • No soy experto, pero me sospecho que los ciclos entre los ataques y las “lunas de miel”(así se dice en la jerga de los grupos de autoayuda) hay que cambiarlos con algunas medidas de profilaxis mental, para poner a dieta las emociones violentas de quien pega, y resguardar del daño – pero mucho más aun del miedo – a las víctimas.

Entonces, es ahí donde me parece que hay pinchar: detener a los golpeadores y femicidas uno – por – uno, contiene la situación pero no la resuelve.

En estos tiempos posmodernos, se trata de buscarle la vuelta a la crianza, al ambiente, a los valores, y en el juego de remanyamiento, repartir la torta en forma pareja entre todas y todos.

Algunas conclusiones

Ahorremos el “deja vu”: el ejemplo francés, ya tiene sus propias conclusiones al final del análisis. Es un principio general más que bien documentado, y nadie puede negarlo. Es el tema de la violencia el que importa.

Aclaro de entrada que nunca me casé, ni tengo hijos. Admito que la falta de experiencia personal en este punto me baja el precio. Pero no soy un cura, y conozco gente que disfruta y padece los matices de una vida familiar.

Digamos, para ir mucho más al hueso, que resulta evidente que tiene que cambiar la educación sentimental, el modo en que al interior las relaciones de pareja incorporamos independencias de criterio y acción, de complemento e integración, y los nuevos formateos de las estructuras de rol y de clan.

Los tiempos de las familias tradicionales han terminado hace ya mucho tiempo. Hay familias ensambladas, madres y padres solteros, relaciones ocasionales, diversos niveles de compromiso, conflictos personales e interpersonales cada vez más complejos, y cada vez menos tiempo y espacio – material y afectivo – para conocerse a sí mismo, y a la otra persona.

Todos estos matices, hoy producen ruidos entre la gente. Y en algún punto, a veces en forma sorda, intuitiva, se sienten como una suerte de “malestar en la cultura íntima” que produce ruidos en aquellos momentos cuando mujeres y varones se conocen profundamente para construir sus relaciones.

En estos detalles, por supuesto, no piensa demasiado la publicidad. Pero no porque las ONGs o las agencias lo ignoren. No pueden hacerlo, ya que las estrategias habituales de comunicación se ciñen a señales que se perciben en ámbitos públicos y semipublicos.

Pero de un tiempo a esta parte, hay literatura especializada y notas de prensa que documentan y divulgan con precisión estos problemas que ya mencionamos más arriba. Mi reclamo a esta publicidad miope, es que se caliente por incorporar estos detalles en la medida que pueda hacerlo.

Y de un tiempo a esta parte, pude ver al menos una campaña argentina que incorpora ciertos matices del tema a los anuncios. Pero con una golondrina, es evidente que no se hace verano.

Para mí, una solución creativa para este problema sería decirlo así: “Pará de pegarme. A vos te hace falta terapia. A mí, déjame en paz”.

Esperemos que de estas experiencias surjan menos miopes y que las cosas alcancen su justo equilibrio.

Saludos

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