Hare Kirchner, o el secreto del éxito del FPV – primera parte

2001: La Odisea argentina

Esta es la historia del Hare Kirchner, según consta en los rollos y rosqueos sagrados del Frente para la Victoria, componente del panteón Peronista. El presidente Kirchner es una de las muchas encarnaciones o avatares de Perón, líder supremo del universo, protector del pueblo y la patria. Se lo representa alto, canoso, con un serio problema de estrabismo en uno de sus ojos, usualmente con traje gris, narigón, oriundo de la provincia de Santa Cruz, y con un carácter jodido, por lo cabrón. También se lo conoce como “El pingüino”, por sus raíces patagónicas. Específicamente, siempre ha sido un pajarraco anfibio muy apto para nadar por aguas cálidas y frías, profundas y no tanto. Y para su propio bien o mal, la naturaleza lo hizo incapaz de volar.

Para comenzar, es fundamental saber que el ascenso y caída del presidente Kirchner proviene de la crisis del 2001, tiempo de cambios: La convertibilidad de los 90s tuvo muerte súbita.
Las cuentas del país se fueron al carajo, y un culo tuvo que sangrar. Las cuentas sueldo, los ahorros, toda la guita quedó congelada. La confiscaron desde el estado nacional. Dos o tres macanudos avisaron con anticipación – a quienes quisieran escuchar – que la crisis podía suceder. No eran improvisados, ni contreras, ni jugaban a llamar al lobo. Se acordaban del fracaso del plan austral y la hiperinflación de los 80s, así que pensaban que podía volver a ocurrir un desastre económico. Pero nadie les prestó atención. Estábamos viviendo en dólares con pesos, con un sistema productivo que no llega siquiera a un cuarto de uñas del pie de Estados Unidos y Canadá. Además, el país estaba endeudado con el resto del mapamundi. Los pesos, al final, quedaron como dinero de juguete del estanciero, el monopoly o el juego de la vida. Pero mientras eso nos permitió comer y gastar en boludeces, no le dimos bola.

Que se vayan todos

Los indios estábamos todos cabreros. La crisis nos explotó en la jeta. Hubo huelgas y marchas en la calle, cada vez más llenas de gente y de ruido, de color y de furia, salidos del relato sin sentido de un loco, que no fue Macbeth ni Shakespeare. El pueblo argento, chilló siempre cuando le tocaron su órgano más sensible: El bolsillo. Hubo un estado de sitio para contener la situación. Duró lo que un pedo en un canasto. Hubo un presidente electo – Fernando de la Rúa – que no supo qué hacer con la crisis, y al final renunció y huyó.

En aquellas condiciones, si nuestra clase política tenía algún prestigio, lo perdió más rápido que calzón de puta. Curiosamente, en esta emergencia nacional nadie llamó a la puerta de los cuarteles. Y si llamaron, fue evidente que no los atendieron. El congreso de la nación tomó el mando: Hubo cinco presidentes provisionales de la república en una semana. Era lógico: Muchos querían el sillón, la banda y el bastón, pero no la papa caliente.

Hubo marchas cuya consigna fue “¡Chorros, devuelvan los ahorros!”. Hubo asambleas de vecinos auto convocados, cuyo lema fue “Que se vayan todos”. Solo la titular de un pequeño partido opositor se atrevió a retrucarles: “¿Y a quién van a poner?”. La mandaron a la Lila que la Carrió. Tuvo que salir rajando, que sino la linchaban. Mientras huía, hizo una nota mental para sí misma: “No hay caso. Es imposible razonar con una turba enardecida.” En otros rincones de la patria, hubo colas de familias enteras en la puerta de las embajadas, buscando la doble nacionalidad, para aportar a la única salida de la crisis que conoce la clase media joven: Ezeiza. Algunos pudieron irse. Otros tuvieron que quedarse. Todos echando chispas.

Mientras tanto, el quinto presidente de aquella semana histéricamente histórica – un tal Adolfo Rodríguez Saa, otro de los numerosos avatares de Perón – Viendo que casi no tenía equipo para gobernar el ispa, y que la rosca en el congreso no lo favorecía, pegó el portazo. Pero antes declaró la deuda externa del país en default. Por dejarle las cosas bien enquilombadas al que siguiera, firmó la cesación de pagos a los de afuera. Acto seguido, renunció a su cargo cantando con ganas la marcha peronista.

La intervención del cabezón

Finalmente, nuestro parlamento sirvió para algo, y puso un presidente peronista que se la bancó: Fue designado Eduardo Duhalde, otro de los muchos avatares de Perón. Se lo representa cabezón, de estatura media, con nariz ganchuda, abundante pelo negro corto, y haber sido vicepresidente de Menem. De a poco, compuso la mayor parte de las cosas. Aprovechó el regalito que le dejaron, y destrabó gran parte del endeudamiento exterior. Los acreedores estaban esperando un sinceramiento de las cuentas. En nuestra clase política, nadie se atrevía a dar este paso hasta aquel momento. Una vez blanqueada la situación, negociada la deuda, y con los números más o menos resueltos, Duhalde y equipo pusieron las cosas medianamente en orden en el frente interno. La mayor parte de la guita confiscada retornó a sus dueños. Quedaron afuera de las cuarenta del mazo una inmensa minoría de laburante, ahorristas, jubilados y pensionados y sus familias, que no tuvieron el buen gusto de morirse ante tamaña catástrofe, y al día de hoy – quince a dieciséis años después del desastre – todavía insisten en reclamarle al estado por la plata que le comieron.

Pero no nos centremos en lo negativo: Duhalde completó el mandato que había dejado incompleto De la Rúa. Cuando su tiempo se terminó, hubo llamado a nuevos comicios.
Se presentaron candidatos de todos los partidos, incluidos los radicales. Se presentó el PJ, con dos candidatos: Por un lado, Carlos Saúl Menem. Por otro, Nestor Carlos Kirchner. Y ya que era la fuerza política que resolvió gran parte del bolonki, era el partido que más posibilidades tenia para ganar. O sea: En el fondo, había que elegir entre peronismo… y peronismo.

(Continuará)

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