En Medio de los Medios – segunda parte

Sociedad y prensa: ¿Dónde y cómo nacen las noticias?

Aclaremos de entrada que toda sociedad tiene su propia escala de valores, su propio sistema de usos y costumbres, con el detalle de los buenos y malos modales. Con o sin cobertura de medios, siempre pasan cosas y las catalogamos de algún modo.

La prensa y sus esfuerzos solo amplifican estos procesos habituales. Las noticias vienen a caballo del corriente sentido común, además de aspectos técnicos de agenda, etc. Expresan, más que nada, juicios y sanciones sociales para aplicarle a quienes cometen inconductas. Pero el chiste esta no solo en lo que expresan, sino mucho más en aquello que se da por sentado y queda sin explicar.

Hablado en criollo, los periodistas se alimentan de tres grandes cosas: Historias fuertes, guita de los anunciantes, y espacios mediáticos. La buena venta de la tirada de los medios gráficos, y los porcentajes altos de encendido y ratings premian el esfuerzo. En este orden de temas, las noticias se publican con una intención moralizante; se cuentan ciertas cosas para que nadie las imite ni en la calle ni en la casa. Si se les presta demasiada atención, los medios producen un curioso efecto cognitivo: Nos mal acostumbran a pensar la vida pública mediante etiquetas. Rótulos útiles, por supuesto. Pero limitados. A menudo habilitan que tengamos actitudes fariseas ante las cosas que pasan. A fin de cuentas, ¿Quién de nosotros está limpio realmente para andar juzgando a los demás?

A medio camino de la chicana y el argumento válido, una vez escuché al entrevistado de una nota radial retrucarle a una periodista – Me acuerdo que ella era María O´ Donnell – sobre el nivel de paga del sector. No voy a dar una cita textual, así que acepto correcciones. La cuestión era que algunos cronistas cobraban “premios” por cierta clase de notas… ¿Quiere saber cuánto ganan y quiénes son? La periodista se defendió del cascotazo así: No estamos hablando de periodistas, sino de usted, por motivos que son públicos. Y en este caso son los reporteados quienes deben rendir cuentas ante la opinión pública, cuando están involucrados en algún hecho cuestionable.

La gente de prensa responsable con su profesión, de buena voluntad, seria y precisa, tiene bien ganado el derecho de piso para hacer preguntas. Pero de todas formas, la cuestión permanece: Figura en la biblia. No sé si hay episodios similares en otros libros religiosos, pero está bien documentado que el Mesías defendió a una adultera de los fariseos que iban a ejecutarla con aquello de quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Por otra parte, ya que ninguna buena acción queda impune, los que hacen algo bueno deben aguantarse las avalanchas que los demás les echan encima. Y los que hacen daño, también.

En el paño, las respuestas específicas sobre la autoridad moral y la estatura profesional se obtienen mediante la trayectoria, el reconocimiento de los pares mediante las asociaciones del palo, los gremios, y quizás algo en las academias donde se forma cada quien. Si alguien está debidamente certificado por sus méritos, queda habilitado para peguntar. Tanto un premio Pulitzer como un reportero raso que lleven bien el arte y oficio de hacer preguntas, dan progreso y prestigio a la profesión. No sin que les cueste tiempo, energías y hasta relaciones personales, según cuentan algunos periodistas. Ahora, bien: ¿Eso es garantía suficiente?

La respuesta, obvio, es No. El asunto requiere hilar bien fino, para “que todo vaya armoniosamente y en su justa medida”, como dijo Juan Domingo Cangallo. ¿Qué hace la corporación de prensa con un periodista cuestionado? Lo expone. Unas historias que yo recuerdo, quizás ilustren la idea. Empecemos por la historia de José Corzo Gómez, que primero fue periodista muy comprometido públicamente con los derechos de los jubilados. Quizás como premio a su prédica, tal vez como fruto de palancas y roscas, luego llegó a funcionario del área previsional. Había fundado el “partido blanco de los jubilados y pensionados“, que se presentó en comicios al menos una sola vez. En su columna televisiva de “Telediario” por canal 9, Gómez era una furia contra los que usan los fondos de jubilaciones y pensiones como caja de la política. Su slogan era: “¡Con las manos limpias!”, alzando los brazos y las manos abiertas, frase voz en cuello. Cuando ascendió a su puesto, “afanó a manos llenas”, haciendo contrataciones directas de servicios de empresas privadas al pami, con sobreprecios bien abultados, mientras los beneficios no le llegaron a ningún afiliado. Además, puso en su equipo de trabajo a casi toda su familia, cayendo en nepotismo y por supuesto en corrupción.

Sus viejos colegas se hicieron un festín con la historia.
Otro que tire y pegue fue Horacio García Belsunce: Hombre prestigioso de la prensa gráfica, abogado además de columnista en “El Cronista comercial” y “Ámbito financiero”, que fue perdiendo imagen y credenciales a partir de una tragedia familiar. Su hermana, María Marta García Belsunce, presidente de la filial argentina de la ONG “Missing Children” fue asesinada. Sus colegas fueron corriendo a buscarlo para sacarle una nota ni bien se enteraron. Pero evitó dar declaraciones ni bien trascendió el hecho. Ante este silencio ruidoso, sus colegas escarbaron en el caso; por más de un medio, se supo que fue como mínimo fue testigo de los hechos. Mientras, la hipótesis de máxima fue que señalarlo como cómplice y sospechoso del hecho. Un juez dictó prisión preventiva contra Belsunce y otra persona. Lo encanaron, cumplió una condena mínima, y lo liberaron por falta de mérito. El otro fue hallado culpable. Y al menos que yo haya visto, no se supo nada de este periodista nunca más.

Como habrán notado, aquí también hubo banquete. Al punto, hay una frase que atribuyen a Gandhi: “La pureza de los medios debe ser igual a la pureza de los fines” Viene a cuento porque no se cazan demonios con ángeles, pero tampoco hay que faltar al juego limpio. Es el ajuste permanente de los medios a los fines nobles en la comunicación y cultura masiva eso que se persigue. Sobre esta base hay que medir y pesar el valor de las intervenciones del periodismo, el prestigio social que tienen hacia afuera, y varias cuestiones que pasan por dentro. Lo vemos en la sección siguiente.

Prensa, estado y sociedad

Uno muchas veces se deja llevar por la imagen romántica y bohemia que tenía la prensa de mediados y finales del siglo pasado: una profesión que andaba por la vida con los puños llenos de verdades, que revelaba los secretos sucios de los gobernantes chorros, que felicitaba las buenas obras de arte y las iniciativas solidarias, que amonestaba con gracia la frivolidad de algunos figurones, y divulgaba los avances de la ciencia.

El periodismo todavía se encarga de atender estos comentarios de la realidad, pero tampoco la pavada. En la vida real, no es tan color de rosa. La prensa interviene socialmente de otra forma, quizás más cruda y pragmática, cuando envía reporteros a la calle a que se las rebusquen, o cuando una fuente le lleva una historia a un periodista estrella a su trabajo. Si interviene, siempre lo hace bajo sus propios términos, que no están disponibles por completo al público. Esa es su mayor fortaleza, pero también su mayor debilidad.

Y como sabe cualquiera que haya visto la película “El Gran truco” (“The Prestige” – Christopher Nolan, 2006) Es de esperarse que un mago no revele como hace sus actos; en caso que decida contar algo, no esperemos que divulgue exactamente todo. La gente busca diversión. Sabe que está viendo una ilusión. Y en el fondo, quiere ser engañada con arte. A los malos magos los corren a patadas. Al punto, la pregunta es inevitable: ¿Dónde está el truco en la prensa?

Siendo la información de las cosas malas su principal materia prima, periodismo y medios son mercaderes de la indignación.
Porque viven de historias que amargan el ánimo, hielan la sangre o invitan al desencanto y el cinismo.
Y si bien esto es verdad, es miope acusarlos con un argumento banal como este. Si tengo que arriesgar una hipótesis, las vocaciones periodísticas guardan parecidos con la vocación detectivesca y policiaca. En la película “Llamarada” (“Backdraft” – Ron Howard, 1991) hay una escena clave, donde un bombero investigador visita a un pirómano preso en la cárcel. En un momento de la escena, el preso le indica a su visitante “Para saber cómo matar a la bestia, es necesario saber cómo vive. Hay que quererla un poco…. La persona que estás buscando conoce al animal, pero no lo suelta” La película la han pasado muchas veces en la tele. Pero si alguien no la vio, el animal de marras es el fuego. Si trasponemos la escena a las actuaciones de la prensa, podemos poner a los periodistas en el sitio del bombero, a los protagonistas de cualquiera de sus historias en el sitio de los pirómanos, y al caos que producimos y nos rodea en el lugar de los fuegos.

Al punto, los periodistas conocen el lado más oscuro de la sociedad. No lo perdonan, pero tampoco lo condenan del todo cuando lo usan para vender historias. Por su propio lado, jueces, fiscales, policías, detectives privados y aves negras hacen otras cosas con el mismo material. De hecho, muchas veces tapan asuntos, mientras que otras veces buchean a la cana o los chorros, y son fuentes de identidad reservada de los periodistas. De algo hay que comer, ¿no? El tire y afloje entre poder, sociedad y periodismo, atravesados por las crisis económicas generales y los tiroteos retóricos entre políticos, la agenda de las instituciones y las empresas de medios, determina el crecimiento y estabilidad del sector.

El caso de la empresa papelera industrial – disculpen la redundancia – “papel prensa” ilustra el asunto. Prácticamente desde sus inicios, los medios gráficos argentinos importaban toneladas de papel reciclable para imprimir lo suyo. A partir de una iniciativa privada, con una ayudita de un préstamo internacional, apareció la primera y más grande productora industrial, destinada a abastecer de este insumo a los medios gráficos. El negocio salió y todavía sigue bien en nuestros días, aunque con algún cambio de manos. Durante la última dictadura cívico – militar argentina, el dueño de la empresa, un tal Gravier, apareció muerto en condiciones nunca bien aclaradas. Su muerte fue noticia con titulares tamaño catástrofe en todas partes.

Recuerdo haber hojeado páginas de aquellos años cuando era chico. Si mal no recuerdo, yo me entere gracias a un ejemplar de la revista “Siete días” que había en mi casa. Por supuesto, no alcanzaba a entender el significado de esos contenidos. Tres décadas y monedas más tarde, cuando este asunto parecía enterrado, el tema tuvo un lugar estelar en la agenda política y periodística más reciente: Unos funcionarios del poder judicial armaron una denuncia contra una parte de la junta directiva de papel prensa. Dieron a conocer que la familia del difunto vendió acciones y propiedad, en condiciones no muy claras. En aquellos tiempos, quedaron como accionistas mayoritarios de papel prensa dos grandes empresas de medios y el estado nacional, criterio que se mantuvo inclusive durante varios gobiernos democráticos que supimos conseguir.

La oscura adquisición de la papelera, fue un naipe que un presidente de turno usó para atacar a los otros dos propietarios, ni bien leyó varios titulares críticos de su administración. Como parte de la ofensiva política, delegaron el asunto en un funcionario famoso por sus presiones groseras para hacerse valer. Lo expusieron en portada y las notas interiores de los diarios, por lo chabacano de sus conductas. Tiempo después, por esta cuestión y demás problemas acumulados, desde el estado lo transfirieron a otro puesto. Era evidente que tuvieron que evitar gente ruidosa. El estado actual de este debate puntual es: cerrado. Un juez reviso la denuncia, tomó declaración a los testigos, encontró que cayeron en contradicciones, y finalmente desestimo la causa. Los dos medios siguen siendo dueños de su parte en la papelera, mientras el estado tiene una porción chica de la torta.

Actualmente, hay una tira televisiva de ficción que le dedican al tema, donde enfocan la historia con tono de policial de enigma, como una conspiración. Si bien es ficción, y no tiene por qué coincidir con hechos reales, es evidente que hay alguna intención de propaganda del partido de gobierno detrás del esfuerzo, pero no mucho más que eso, una ficción.

Lo sabroso aquí no es el amague; lo que no pasó es muchísimo más elocuente: que el estado nacional revisara su propio archivo; que por criticar, también la administración pública fuese hacia la auto crítica de las instituciones, seria, precisa y profunda. Apenas una sola gestión democrática consiguió ese objetivo en un tema puntual, cuando ordeno investigar para luego publicar el informe “Nunca Más”.

Los otros propietarios de papel prensa también pudieron llamarse a reflexión, y abrir sus archivos. No sucedió que desde el estado hubiese una auditoria, y que en caso de hallar irregularidades, hubiese quiebra y subasta pública de la empresa. Sin embargo, el asunto no pasó de operaciones políticas con historias a favor/en contra. Lo que hubo, en cambio, fue una cantidad de chicanas desde el partido de gobierno: acusaron a los otros socios de haber sido cómplices de la dictadura en el vaciamiento de la economía nacional. Mientras tanto, todo siguió y sigue siendo igual.

Con sus propios códigos de expresión y ética profesional, el periodismo tiene la capacidad de tender puentes entre espacios públicos y ciudadanía, pero al tenderlos, condiciona el modo de transitar esos lugares. El estado, como habrán notado también lleva mecanismos parecidos en este aspecto. Pero hablando de prensa, no hay leyes o decretos, sino la herramienta para intervenir es algo oculto a plena vista – no me canso de decir que este es el mejor modo de esconder cosas – Lo hacen a través del temario. Solo ciertos acontecimientos y figuras son relevantes en prensa. Vayamos por lo evidente: Ningún Juan ni Juana de los palotes son importantes por sí mismos. Pero si agonizan y mueren esperando un trasplante, puede ser que los periodistas le presten atención. Un fulano no reviste importancia por sí mismo. Pero si un fulano mata en forma aberrante a una fulana, puede ser que medios y periodistas le pongan atención y le dediquen notas al asunto. No lo hacen por caranchos – aunque a decir verdad, alguito de eso hay. No tiene sentido negarlo – Se portan de este modo porque así son las reglas del oficio de prensa.

Sino, pregunten a Diego Maradona, que un día encontró un enjambre de reporteros acampando en la puerta de su casa en Fiorito, cuando tuvo dopping positivo por segunda vez. El tipo estaba con problemas, necesitaba tiempo privado, para recomponer sus cosas. Pero los caranchos no se iban. Los corrió dando escopetazos al aire, al menos lo que dijo el mismo cuando lo citaron a declaración indagatoria. El incidente fue nota de tapa de inmediato cuando ocurrió. Y las notas presentaban a los cronistas como víctimas del sucedido, no como provocadores. Dos o tres medios le hicieron juicio a Maradona, que al final le ganaron, y tuvo que gatillar cifras de cinco ceros a través de sus abogados.

Pregunten también a Juana Viale, que varias veces notó fotógrafos y móviles de televisión que la seguían para tomar imágenes de ella, sin su consentimiento. Frente al acoso, la actriz los increpó a los gritos. Eso quedó registrado. Los programas de chismes publicaron la historia como “polémicas declaraciones de…”

Hay muchas historias de esta clase, así que no vamos a abundar. Solo agreguemos que así como hay intromisiones, también hay figuras que piden prensa para construir y mantener vigente su imagen pública. Pregunten a Wanda Nara, vedette y modelo, que declaraba su virginidad a los medios que la entrevistaban. Luego le sacaron la ficha, con picardía, cuando descubrieron que tuvo una relación ocasional con Maradona. En el juego de remanye, el famoso “cuarto poder”, en el fondo, no tiene más alcance que su propia agenda. Pongamos que el asunto es como una partida de póquer abierto, chinchón o escoba de quince: Para quienes están dentro, los aspiran a entrar al sector, y quienes están en la vidriera por ser públicos y notorios, lo fundamental es aprovechar bien las cartas en mano y las de la mesa para hacer la diferencia.

Unas ideas sueltas para protocolos técnicos en la prensa

No soy periodista, pero se me ocurre que podría haber algunas reglas profesionales en la prensa que quizás ayuden a fortificar las cosas. Puesto en términos más técnicos, el problema es que en la búsqueda por transparentar lo que pasa, brindándole al público el mejor retrato posible de la realidad – al menos lo que yo conozco, que es la prensa argentina – todavía no hay protocolos para garantizar la plena y propia transparencia, que es el punto de partida de cualquier credibilidad.

Yo sé bien que soy un siete de copas. Asumo que no van a darme ni cinco segundos de atención en adepa, uptba, o la asociación interamericana de prensa si les mando estas ideas. Quizás otros, mas importantes que yo, podrían llevarlas a ver qué opinan ahí. De entrada, reconozcamos que el oficio del periodista tiene trasfondo muy ingrato. Conocen a la gente recién cuando alguno se mandó cagadas, o tiene malos días. Conocen a los empresarios y funcionarios cuando pagaron y cobraron coimas, y también a los artistas y deportistas cuando guardaron secretos en el placard o se mandaron un moco. No se cazan demonios usando ángeles. Pero el chiste está en vestir de santidad la cosa, cuando en el fondo, no somos nadie para juzgar. Entonces, veamos de que se trata

  • Que los medios y periodistas revelen las fuentes protegidas, pongamos…. luego de unos 20 años de publicada una nota. Si lo hace la CIA con un protocolo parecido para desclasificar archivos, ¿No pueden hacerlo ellos?
  • Los periodistas deberían tener un seguro de mala praxis, similar al de los médicos, para el caso de cubrir costos de juicios por calumnias e injurias. Y si por imaginar, el monto del seguro debería de tener relación proporcional con el progreso profesional y el nivel de paga, claro. Para el caso, un periodista estrella debería pagar más prima que un reportero raso.
  • Estaría bueno que los periodistas no solo vayan por las primicias, sino que también repasen y re actualicen casos resonantes: No es muy frecuente, pero existe como nota de color aquello del “¿Y qué fue de?” Existe un dicho tradicional que en periodismo “no hay nada más antiguo que un diario de ayer”. Esta idea contrasta con aquello de periodismo como borrador de los libros de historia. Para remediar este problema, la propuesta es repasar y actualizar un tema pasado como parte del repertorio técnico permanente de la prensa.
  • Que toda denuncia periodística de gran porte, por temas graves, y que sea demostrable por datos, testimonios y evidencias, no se reduzca a mero material informativo. Sin perjuicio del uso testimonial, para notas y difusión, que sean también por protocolo automáticamente denuncias penales al tiempo que material de prensa. Esta función pueden llevarla adelante los representantes legales de los medios.

Es seguro que debe haber mucho más para reflexionar sobre estas cuestiones. Visto desde fuera, estas parecen importantes. En la tercera y última parte hablamos con más detalle de la agenda de medios.

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